Merece la pena una sesión preboda en la mayoría de los casos. Es una sesión de fotos que una pareja hace con su fotógrafo semanas o meses antes de la boda, y su valor va más allá de las imágenes que salen de ella. Obliga a los novios a parar unas horas en mitad de los preparativos y a hacer algo tan sencillo como estar juntos sin hablar de presupuestos, invitados ni menús. Al principio casi todas las parejas se sienten raras delante del objetivo. A los diez minutos ya no están pendientes de la cámara: hablan entre ellos, recuerdan cosas, se toman el pelo como siempre o simplemente pasean, y en ese momento empiezan a salir las fotografías buenas. Además, el fotógrafo y la pareja pasan un rato juntos fuera de una reunión o de una llamada. El día de la boda ya no se ven como desconocidos.
Lo que la pareja espera de la sesión
La respuesta cambia según lo que la pareja espere de la sesión. Si la ve como un trámite más de la lista, una tarde que hay que cumplir porque otras parejas lo hacen, pierde buena parte de su sentido. Llegarán con prisa y mirando el reloj, y eso se nota en cada imagen. Si la pareja busca regalarse unas horas para desconectar del lío que supone organizar una boda, el balance es otro y la sesión aporta mucho.
Ideal para parejas tímidas
Las parejas tímidas, o las que no están acostumbradas a ser el centro de atención, son las que más partido le sacan. Para ellas la preboda funciona como un ensayo sin presión. Aprenden a moverse delante del objetivo, descubren que nadie les va a pedir posturas forzadas y llegan al día de la boda con la vergüenza superada. Ese día hay invitados mirando, horarios que cumplir y nervios, y no queda margen para acostumbrarse a la cámara.
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Conocer cómo trabaja el fotógrafo
También pesa la duda sobre cómo trabaja el fotógrafo. Ver un portfolio no es lo mismo que verse a uno mismo en sus fotos. Después de la preboda, la pareja sabe qué luz usa, cuánto dirige, qué encuadres prefiere y cómo trata el color. Si algo no termina de convencerle, todavía hay tiempo para comentarlo y ajustarlo antes de la boda, cuando ya no se puede repetir nada.
El tiempo y el uso de las fotos
El tiempo disponible es otro factor. Una pareja que se casa muy pronto y tiene la agenda saturada quizá no encuentre una tarde tranquila. Forzarla en esas condiciones sirve de poco. Cuando hay margen, la sesión puede incluir un cambio de ropa, que suele convertirla en algo divertido, y cada pareja se viste como quiere, sin reglas. Las fotos, además, tienen uso antes de la boda: en invitaciones, en una web para los invitados o en algún detalle de la decoración.
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Antes de decidir
Antes de decidir conviene hablar con el fotógrafo que la pareja ya ha elegido para la boda y preguntarle cómo plantea sus sesiones preboda: cuánto duran, si las incluye en algún paquete y qué tipo de sitio suele proponer. También ayuda que los dos novios se pregunten, con sinceridad, para qué la quieren. Si la respuesta es pasar una tarde juntos y perderle el miedo a la cámara, basta con elegir una fecha sin prisas, un lugar que signifique algo para ellos y ropa con la que se sientan cómodos.
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